Mi muralla se cayó

A los diecisiete años cambié mi corazón por una caja fuerte. 

La elegí pequeña pero hermética, comprimiendo en su interior toda aquellas sensaciones que previamente me habían inundado el cuerpo entero.

La elegí cúbica y plateada, con una rueda carente totalmente de números. Como bien comprenderéis, era bastante complicado abrirla pues no había llave ni contraseña. 

En algunas ocasiones sufría algún leve escape por un agujero infinitesimal mente pequeño en una de las esquinas. Era un fallo de serie.

En esos días especialmente duros para aguantarlos mi cajita fuerte, liberaba la tensión dando largos y tediosos paseos.

Recorrí en ese año kilómetros y kilómetros de playa, siempre y nunca las mismas vistas. 

Aprendí a apreciar el sonido adormecedor, casi terapéutico de las olas al saludarse fuertemente con las rocas. Aprendí a calmar mis mareas con las protestas de las gaviotas. 

La sal impregnaba mis vías olfativas, y mis pies golpeaban con fuerza el asfaltado, como queriendo dañarlo.

Siempre iba sola porque era parte del trato, parte de la caja fuerte. Tenía que aprender a hacer actividades por mí misma, a ser independiente, fuerte, feroz, inexpresiva, insensible. 

Y lo conseguí. 

Meses después, mi hermana se enfadaba conmigo, yo no entendía por qué discutíamos tanto, y eso después de haber estado una semana sin hablar. Mis padres se preocupaban y enfadaban simultáneamente, contentos de que me hiciera más libre pero a la vez echándome de menos, en falta les hacía saber que les quería. 

Hoy me han derrumbado y destruído casi por completo mi caja hermética. Me he dado cuenta que no me deshice de mi corazón, sino que simplemente estaba encarcelado por mis propios miedos, escondido bajo los escombros de mi delicadeza patológica.

Hoy, han conseguido abrir la brecha que he estado intentando sellar todo este tiempo por mí misma. 

Sus palabras me recorrieron como un bálsamo, un viento que sacudió el polvo de encima de mis sentimientos, consiguiendo paz como nunca antes.

Unas caricias en mi corazón, cerrando suavemente las cicatrices según avanzaba su discurso, cada punto más certero que el anterior. Cada punto, hasta el final, que consiguió curar mi herida.

De dentro a afuera. 

Y es que a veces necesitamos escuchar que nos aprecian aún conociendo nuestro lado más oscuro. Solo en ese momento, totalmente expuestos al descubierto podremos empezar a aceptarnos poco a poco. 

Sin prisa pero sin pausa… Y con prosa, mucha, mucha prosa. 

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El otro día Ella fue a dar un paseo y no volvió

(Foto de Eduard Gordeev)

El otro día Ella fue a dar un paseo y no volvió. 

Se puso la sonrisa más brillante jamás, deslumbrándome hasta a mí, borrando mi tormenta de un sopetón.

Llovía, insertó sus pies en las botas más impermeables que encontró por casa. No había lluvia ni granizo ni nieve que pudiera demorarla. 

Hacía frío fuera, así que se abrigó con un atuendo cálido y de vivos colores, una mancha arcoirís entre tantos grises ajenos. 

Una vez fuera, se sumergió en el viento infernal y las calles desiertas de alegría. Pero no le importaba, la luz la llevaba dentro de sí. 

La música de sus cascos la envolvía mientras marcaba el ritmo con sus pasos. Uno, dos, uno, dos.

Perdió la noción del tiempo, dejándose llevar por el instinto. Caminó durante horas y horas, su ruta sin marcar, un objetivo inexistente. 

Cuando se cansó, decidió volver a casa. Pero no llevaba llaves, y la puerta ya no era la misma. 

Timbró, pero ya no habitaban las mismas personas, y tampoco la aceptarían. 

Ella se apagó, se tornó azul y fría como el hielo, un dolor punzante en su interior que hasta ahora no sabía que podía experimentar. 

Ojalá la historia acabara como fuera de esperar. Una niña naïve vuelve a su casa y sigue dotando de felicidad a su pequeña burbuja. Pero sus amigas ya no la admitían en su casa.

Una Ella que sonría porque sí, causando el mismo efecto en los demás. Una Ella que está impermeabilizada contra todo pronóstico, contra cualquier pensamiento negativo o bache verbal que se interponga en su camino. 

Una Ella que sea valorada por su calidez, su facilidad de transmitirlo a los demás en forma de palabras y gestos con colores.

Pero la Sociedad, esa palabra que nos engloba a todos y todas y que, cada vez más provoca un sentimiento de incomodidad, no lo permite.

No permite en el interior de su casa a personas que se apoyan en sí mismas, quiere decrépitos dependientes, carentes de ideas aunque tengan mente.

No permite autoaceptación, pero acepta el criticar a vecinos y conocidos, y así éstos podrán crearse una falacia de autocomplacencia.

Pero, por encima de todo, no permite individualidad dentro de una colectividad. Busca, desea una misma identidad para todos. 

Misma moda, películas, comidas, influencias sutiles pero que se expanden no solo a un vecindario, sino a todos. 

No, Ella no volvió porque se negó a aceptar tal dolorosa situación.

Siguió dando luz en vecindarios más agradecidos, aunque también con muchísimo menos que perder, materialmente hablando.

Y es que a veces, menos es más. Lo material, innegablemente adictivo, provoca en nosotros una necesidad que, anteriormente no existía.

Qué pasaría si sintiéramos la necesidad de descubrir lo que pasa en la parte trasera y más oscura no ya de nosotros mismos, sino de la Sociedad?

“No quiero que mi felicidad dependa de nadie”.


“No quiero que mi felicidad dependa de nadie”, me dijo. En aquel momento creí que le entendía, considerando estúpidamente que empatizar con alguien realmente es posible. 

Felicidad. Ay! Las palabras, qué llenas están de significado pero tan vacías de acciones. Qué llenas están de recovecos, desenlaces, laberintos, matices, excepciones. 

Existen muchos tipos de felicidad. Tantas como personas en este planeta, tantas como felicidades se digan en voz alta, se piensen, se sientan, se desean, se luchan por ellas, se imaginan. 

De ahí que no pueda uno referirse al término con un significado generalizado, sino aquel del que uno mismo le dote. Esa es la magia de las personas y el lenguaje. Todos tenemos poder. Tenemos el poder de expresar cualquier cosa de manera única y exclusiva. Con total libertad y capacidad. 

Nacemos con el derecho de proporcionar a cada palabra del diccionario un nuevo significado que no será descrito en otros papeles que no sean nuestro aliento, sentimiento y mente.

Y pues, se vuelve al tema principal, con mi propio puzzle de preguntas. Qué es para ti felicidad? Acaso hace referencia a un estado de ánimo temporal, conseguido tras haber realizado y alcanzado tus objetivos? Soy yo un objetivo más, que acabará agotando tu satisfacción, acabará cansando y gastándose hasta que al final lo (me) olvidarás?

O quizás es un viaje largo el cual hay que disfrutar, sin sobrepensar, sin prisas, eligiendo cuán de fuerte quieres apretarle las tuercas, cuán de duro quieres que sea el paseo por la vida. 

En cuanto a mí, yo solo sé que estaba satisfecha. Si lo pienso, realmente lo tengo todo: un techo bajo el que dormir a pierna suelta sin pasar hambre o frío, amigos, familia que me demuestra que quiere por muy fríamente o distante que les trate.  Había equilibrio, control, orden, rutina, costumbre… Mi caminito era simple y llano, mi única bache era yo misma. 

Pero un día, entre libros y polvo, entre maderas crujientes y el susurro de las páginas tornarse, te encontré. Mi presencia seguía siendo inexistente para ti pero cada célula de mi piel se puso a temblar…Y no lo digo de manera literaria, sino literal. 

Comenzaba a temblar cada vez que te veía desde dentro hacia afuera, mis labios incapaces de beber de la botella entre mis manos sin derramar agua. Por qué tu presencia dificultaba la mía?

Tú causaste mi caos, y me tornaste a un nuevo tipo de equilibrio. 

Me convertí en vanidosa, ansiosa, curiosa, tímida, contenta, confusa, triste, dulce, seca, generosa, celosa. 

Quería descubrir todo sobre ti. Tus gustos, odios, deseos, sueños. Cómo eras realmente, si eras tan duro como tu boca, una línea recta más intimidante que un muro de piedra, inexpresiva y carente de comprensión. 

Y un día, sucedió. Mi pequeña fantasía, en contra de todo pronóstico, se hizo semirrealidad. Pero boom: “No quiero que mi felicidad dependa de nadie”. Yo creí que le entendía, ilusa de mí. 

Bueno, pues la mía, irrevocablemente ya está unida a ti y a todas esas personas con las que me comparto sin miedos ni reservas, tal como soy, con defectos que ya vienen de serie, pero intentando dar lo mejor. 

Y es quizás, el amar a alguien o algo y ser felices no requiere dependencia, sino la expansión de nuestros horizontes. 

Tú me hiciste cambiar, al igual que yo a ti. Disfrutamos y compartimos lo negativo, nos apoyamos, nos echamos de menos, nos contamos experiencias que nos han impactado. Me niego a pensar que sea algo negativo y clasificarlo como dependencia. Me niego a pensar que mi felicidad es gracias a ti, pues antes de encontrarte ya lo era. Simplemente, aumentó en más uno. 

Simple y llanamente, a mi manera, te quiero.