“No quiero que mi felicidad dependa de nadie”.


“No quiero que mi felicidad dependa de nadie”, me dijo. En aquel momento creí que le entendía, considerando estúpidamente que empatizar con alguien realmente es posible. 

Felicidad. Ay! Las palabras, qué llenas están de significado pero tan vacías de acciones. Qué llenas están de recovecos, desenlaces, laberintos, matices, excepciones. 

Existen muchos tipos de felicidad. Tantas como personas en este planeta, tantas como felicidades se digan en voz alta, se piensen, se sientan, se desean, se luchan por ellas, se imaginan. 

De ahí que no pueda uno referirse al término con un significado generalizado, sino aquel del que uno mismo le dote. Esa es la magia de las personas y el lenguaje. Todos tenemos poder. Tenemos el poder de expresar cualquier cosa de manera única y exclusiva. Con total libertad y capacidad. 

Nacemos con el derecho de proporcionar a cada palabra del diccionario un nuevo significado que no será descrito en otros papeles que no sean nuestro aliento, sentimiento y mente.

Y pues, se vuelve al tema principal, con mi propio puzzle de preguntas. Qué es para ti felicidad? Acaso hace referencia a un estado de ánimo temporal, conseguido tras haber realizado y alcanzado tus objetivos? Soy yo un objetivo más, que acabará agotando tu satisfacción, acabará cansando y gastándose hasta que al final lo (me) olvidarás?

O quizás es un viaje largo el cual hay que disfrutar, sin sobrepensar, sin prisas, eligiendo cuán de fuerte quieres apretarle las tuercas, cuán de duro quieres que sea el paseo por la vida. 

En cuanto a mí, yo solo sé que estaba satisfecha. Si lo pienso, realmente lo tengo todo: un techo bajo el que dormir a pierna suelta sin pasar hambre o frío, amigos, familia que me demuestra que quiere por muy fríamente o distante que les trate.  Había equilibrio, control, orden, rutina, costumbre… Mi caminito era simple y llano, mi única bache era yo misma. 

Pero un día, entre libros y polvo, entre maderas crujientes y el susurro de las páginas tornarse, te encontré. Mi presencia seguía siendo inexistente para ti pero cada célula de mi piel se puso a temblar…Y no lo digo de manera literaria, sino literal. 

Comenzaba a temblar cada vez que te veía desde dentro hacia afuera, mis labios incapaces de beber de la botella entre mis manos sin derramar agua. Por qué tu presencia dificultaba la mía?

Tú causaste mi caos, y me tornaste a un nuevo tipo de equilibrio. 

Me convertí en vanidosa, ansiosa, curiosa, tímida, contenta, confusa, triste, dulce, seca, generosa, celosa. 

Quería descubrir todo sobre ti. Tus gustos, odios, deseos, sueños. Cómo eras realmente, si eras tan duro como tu boca, una línea recta más intimidante que un muro de piedra, inexpresiva y carente de comprensión. 

Y un día, sucedió. Mi pequeña fantasía, en contra de todo pronóstico, se hizo semirrealidad. Pero boom: “No quiero que mi felicidad dependa de nadie”. Yo creí que le entendía, ilusa de mí. 

Bueno, pues la mía, irrevocablemente ya está unida a ti y a todas esas personas con las que me comparto sin miedos ni reservas, tal como soy, con defectos que ya vienen de serie, pero intentando dar lo mejor. 

Y es quizás, el amar a alguien o algo y ser felices no requiere dependencia, sino la expansión de nuestros horizontes. 

Tú me hiciste cambiar, al igual que yo a ti. Disfrutamos y compartimos lo negativo, nos apoyamos, nos echamos de menos, nos contamos experiencias que nos han impactado. Me niego a pensar que sea algo negativo y clasificarlo como dependencia. Me niego a pensar que mi felicidad es gracias a ti, pues antes de encontrarte ya lo era. Simplemente, aumentó en más uno. 

Simple y llanamente, a mi manera, te quiero.