Adiós, burbuja

De pequeña vivía en una burbuja. Era preciosa y de colores vivos. Siempre iluminaba mis días, proporcionándoles un toque desenfadado. Un aire relajado recorría mi piel con frecuencia mientras me envolvía en un ambiente de armonía y tranquilidad.

Después me hice más mayor y en la parte superior de la burbuja creose un orificio de tamaño pequeño. Mi inocencia se escapaba poco a poco por aquella escapatoria, aunque era demasiado pequeño para que huyera completamente.

Atrás quedaron los días sin leer entrelíneas, sin chistes secundarios de mal gusto. Atrás quedaron las calles vacías de silbidos o comentarios tan empalagosos que provocaban una expresión en mi rostro de asqueo total. 

No voy a mentir, alguna que otra ocasión me he sentido halagada, pero es que otro agujero en mi burbuja cambió ese punto de vista.

Tengo un tesoro, es brillante y precioso, más que las piedras que venden en las joyerías. No es un objeto, sino un ser viviente como tú o como yo. Pero, sin embargo, a la vez no tiene que ver con ninguno de nosotros. Es como si le hubieran dejado la cáscara y la hubieran llenado de luz y de wonderlust.

Sus ojos son grandes y pasionales, sus manos en constante movimiento, como las ruedecitas que construyen su mente. 

Un día  picó a la burbuja, y dejé que esa puerta nunca volviera a cerrarse.

Y las ideas de fuera entraron sin dudar, aceptando mi amplia invitación.

Qué he hecho yo más que plasmar mis pies sobre el suelo de piedra? Acaso necesito que alguien ajeno a mi mundo me diga cómo, qué o quién soy? No. 

Acaso necesito opinión de alguien sobre mi propia cáscara? Sí, de mí misma. 

Tampoco voy a esconderme detrás de lo establecido como políticamente correcto. También me apoyo en las personas que me rodean, las que me hacen y hago brillar. Pero donde hay confianza hay exposición de lo más profundos miedos, y la luz nunca se tornará oscura. 

Acaso yo, hablando desde mi naturaleza que me diferencia de las personas a las que hemos clasificado como hombres, les silbo por la calle? Les digo vaya culo que tienen, o que se preparen, que yo ya lo estoy? Acaso si les pidiera el número y no me lo dieran es porque se hacen los duros y no porque realmente no quieran nada conmigo? 

Acaso las mujeres, como personas que también son, no tienen el derecho de comportarse como les venga en gana?

Por qué el encarcelarlas bajo ropajes de 7kg de peso, provocándoles úlceras en la piel, accidentes por la falta de visión detrás de la tela con cuatro agujeritos para los ojos? Por qué eso, más dañar al feto que se desarrolla en su interior, destinado a nacer enfermo por la falta de luz solar…

Por qué encarcelarlas a llamarlas frescas cuando no llevan la ropa que hombre considere adecuada? Qué importará? Acaso no hay también hombres “libres de cascos”? Entonces por qué en un hombre está bien visto pero en una mujer se le clasifica como lo peor? Por qué ellos entonces es lo que buscan, pagan por ello para pasar el rato, lo ven por Internet…

Por qué encarcelarlas en una talla, un tipo de cuerpo único, color de cabello especial, forma de vestir universal? 

Sinceramente, creo que es porque muchos hombres no saben cómo actuar frente a una mujer cuando se dan cuenta que presentan la misma capacidad que ellos para pensar. Se dan cuenta que tienen miedo porque no saben cómo actuar frente a palabras habladas pero sí pueden interactuar con el físico.

Eso es lo que yo pienso de aquellos hombres que se comportan de manera injustificada e injusta contra las mujeres.

He intentado ponerme en su lugar, saber por qué yo no los veo a ellos como objetos sexuales o como un ser al que dominar.

Esta es mi opinión.

Y qué pasa con los hombres de buen corazón? Ah, esos me rodean. Les quiero tanto que no creo que lo sepan en su completa magnitud. Si ellos están tristes, yo también. Quiero que sean felices todo mis amigos, mi padre, mi tíos, mis abuelos.

Últimamente se lo digo, les digo que les quiero tal y como son. Por darme de comer, por darme cariño, amor, risas, apoyo. Por rodearme de suerte y yo formar parte de la suya. Por sacarme lo mejor de mí.

Y es que hablo de un mundo algo lejano a mi burbuja. A veces me salpica pues ahora mi protección respecto al mundo exterior es menor. Mi burbujita presenta más orificios, que gracias a ellos he conseguido abrir los ojos.

Gracias a las personas que me rodean he podido evolucionar ligeramente. Cada uno llamando a mi burbuja, y cada vez dejando para siempre abierta la puerta. 

Un día, las ideas, sabiduría, experiencias, risas, tristezas serán tantas que provocarán a mi burbuja explotar. 

Y aquel día diré, adiós burbuja.

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Fui a buscarte y de camino a ti me perdí a mí

Fui a buscarte y de camino a ti me perdí a mí.

He buscado en todas partes: debajo de la almohada y entre mi ropa, en mis apuntes… mis esfuerzos son en vano. 

Bajo mi almohada está tu olor y entre mi ropa está tu sudadera.

Mis apuntes están inundados de aquel primer día en la biblioteca, el número uno de infinitos más. 

Esta enfermedad que provoca la ausencia de mí misma es engañosa. La situación es similar al despiste: me dejé colgada en alguna percha y me olvidé de ella, no acordándome de dónde está mi yo. 

Como aquel día que me dejé el abrigo en clase. En el momento en el que lo necesité, me acordé de él.

Necesitar. Es un verbo con el contorno de un arma fuerte y sutil. Es capaz de provocar épicos desastres o momentos gloriosos.  

Por otro lado, a veces siento que estoy en un laberinto sin final, dando vueltas y vueltas con total aletoriedad por pasillos vacíos y huecos, mi pesar el único eco. 

Quizás, debería buscarme en mis calles. En aquellas que cambié por tu olor, tu esencia, tu presencia. En aquellas en las que jugaba a perderme para encontrarme de nuevo, sin nunca realmente haberme alejado demasiado. Sin quemarme, siempre al borde del abismo. Sin sustos ni imprevistos, sin miedos. 

Quizás debería de crear un nuevo camino. Con las baldosas desgastadas por el golpeteo continuo de la lluvia. Con paredes también frías y grises, pero marrones al sol. Polifacéticas, camaleones al descubierto, como yo. Con todo lo escondido expuesto al mundo exterior.

Unas callejuelas estrechas, con puertas abandonadas y llenas de garabatos, únicos recuerdos de noches de las buenas: borracheras de risas y agua de hielo derretido, cero lágrimas rodando por mejillas ajenas.

Sí, esas calles mías suenan bien. No hay caminos sin salidas, sino escaleras, esquinas, rampas, rotondas… Un sin fin de posibilidades, una de ellas me llevará a ti.

Pero ya sabré quién soy, un alma más con cicatrices como identificación. No volveré a perderme por tu mundo, que para mí es incierto y oscuro. No, prefiero el mío. 

Podemos compartir, pero sin invadir. Podemos ser sin perder. Sin perdernos. Tus calles con las mías, conjuntas. Sin bombardeos ni callejones sin salidas.