Confesiones de querer pero nunca ser

Escribir ha sido siempre mi vía de escape. 

Las letras danzantes y con poderes únicos permiten a cualquiera adentrarse en mundos fascinantes, ajenos, originales. Todo sin moverse uno de su asiento, y sin necesidad de abrocharse el cinturón de seguridad. Sin pastillas contra mareos ni chalecos salvavidas. 

Sin inseguridades pero con imaginación, una buena taza de té o café y unas horas llenas de concentración y evasión.

Después de años viviendo y sufriendo las aventuras de los personajes, un lector ávido se vuelve ambicioso. Considera que no resulta tan complicado redactar su propia historia, de imaginar un mundo nuevo tan impresionante como los que encontraba en las librerías.

Y así, sin más dilación, se compra su propia libreta y su bolígrafo, únicos utensilios necesarios para la faena.

Pero…

Pasan los meses, los años, y la libreta está llena de letras y líneas. De letras, frases incoherentes, sin sentido. Sin ton ni son. 

Las hojas están llenas de ideas a medio acabar, a medio empezar, a medias sin más. Más menos que más.

Personajes, bosques, casas en árboles, cielos de otros universos.

Sí, comienzos sí, pero los nudos de los cuentos se sustituyen por estancamiento mental.

Se forman otro tipo de nudos, esos del estómago por el primer beso, la primera caricia. Los nervios ante un examen difícil o por una travesía en el mar. 

Cesa el río de la imaginación, evaporándose las ideas mientras aumenta el cauce por el que circula la realidad. 

Las tardes sentada gastando la tinta de los bolígrafos se sustituye por salidas nocturnas, por series de televisión aburridas y vacías, por tardes de cachimba y tés americanos. 

Las tardes de letras se transforman en horas malgastadas frente a una pantalla iluminada llena de falsas ilusiones. Instagram, Facebook, Twitter, todo paralelismos evocando una versión de la realidad mejorada, llena de filtros y retocada de mil y un maneras. 

Pasé de los libros a las pantallas, de soñar a dormir, de pensar a olvidar, de crear a comparar.

Y es que fui creciendo y acumulando polvo en mi cerebro y en mis letras.

Ese ego de lector, de creador se enterró en mi propio jardín. Adiós a mi ambición de novelista. Saludos a mi mente durmiente, carente de todo menos aire cargado. Necesito una ventana sinónima de renovación.

Crecí. Comencé a utilizar la escritura como una droga, una evasión de la tristeza, de la depresión que me carcomía por dentro. Evasión de las riñas, de mí misma, de las amistades falsas, de mis inseguridades. 

Letras, las que daban forma a mi huracán de sentimientos sin sentido, sin orden, sin nada más que confusión. Buscaba en ella una manera de encontrarme.

Comencé de nuevo a escribir algún esbozo de historias. Envidiaba, como Hitchcock, mis propios actores. Representaban la mejor versión de mí misma, lo que aspiraba a alcanzar a ser. 

Plasmé mis miedos, mis ideales, mis más profundos y sinceros anhelos. 

Me hice adicta a mi propio puño y letra, nunca sabiendo qué iba a salir de aquello. Nunca sabiendo qué destino le daría a mis personajes, a mí misma. 

Mi estado de ánimo y la música que escuchaba influían en el producto final de la ecuación. 

Crecí. Comencé a ir a recitales de poesía. Más bien a recitales de mentes abiertas, jóvenes, maduras, tristes, graciosas, críticas, sensibles. Y me embriagué con su honestidad, su ilusión, su expresividad. Comprendí y sentí esa misma necesidad de compartir, compartirme. 

Pero aquel ego adolescente había desaparecido. Apenas leía, no escribía, mi imaginación se encontraba oxidada y mis bolígrafos los malgastaba en resúmenes de temas para estudiar. 

Sentía un pánico escénico. Más bien siento, un pánico escénico. Recitar es leer mi corazón en mis propias líneas, con mi propia voz y rostro a completos desconocidos. Sí, de esos que han escrito, han publicado, han realizado sus sueños. Los han perseguido y los han conseguido. 

Y yo sigo aquí, con mis letras malgastadas y polvorientas. Atrofiadas y carentes de fluidez en su recorrido por el papel. 

Lo único que permanece es su honestidad. 

Y yo sigo aquí, años más tarde confesando el querer ser pero nunca ser.

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Amanecer IV

Giramos a la izquierda y caminamos todo recto entre los edificios de piedra, dejando atrás el ajetreo y vitalidad del que rebosaba el bar. 

La calle nos iba envolviendo con un halo de misterio, provocándome sin poder evitarlo evocar al pasado con cada una de nuestras pisadas.

Al final del todo se encontraba la plaza de las Platerías.

Antiguamente, mercaderes de todas partes traían hasta aquí sus mejores platos, joyas y demás objetos fabricados con plata.

Los ricos transeúntes y locales compraban allí mientras los pobres se arrodillaban en callejuelas estrechas para mendigar dinero. Los niños buscaban puntos brillantes en el suelo, quizás a algún hombre despistado se le cayera alguna moneda. 

Tiempos de luz y oscuridad se entremezclaban en aquel lugar, como aquella que iluminaba al hombre alzado sobre los caballos en la fuente. 

El sol dejaba a la vista su imponente figura, mientras que los corceles quedaban en segundo plano, escondidos entre la sombra de la catedral que se cernía sobre ellos. 

Detrás se encontraba la entrada principal a la catedral. El portón estaba protegido por un arco gótico. Numerosas estatuas alargadas de Santos y figuras religiosas decoraban la zona. Mientras, a la izquierda, haciendo esquina, se diferenciaban las línea rectas neoclásicas.

Subimos las escaleras y alcanzamos la plaza Quintana.

Había conseguido convencerle de sentarnos en otras escaleras de la plaza, tostadas bajo aquel anormal sol otoñal. El guitarrista sin rostro se encontraba allí, inundando el aire con tranquilas canciones de jazz y de blues. 

Por un momento pensé encontrarme en una versión paralela a mi realidad. Por un momento, pensé ser feliz. 

Amanecer III

Cuatro horas y un café después, me dispuse a colocar mi pequeña pila de apuntes de nuevo en la mochila. 

Saqué mis gafas de sol del bolsillo pequeño y me coloqué los cascos de música en los oídos. Pronto “Milky Chance” sonaba por mi móvil y calmaba parcialmente mis nervios, distrayéndome de la cita que tendría lugar en unos minutos.

Comprobé la hora en el reloj colgado sobre la puerta de entrada de la biblioteca: las dos menos cuarto.

Salí de la sala, giré a la izquierda y bajé las escaleras estrechas. Pasé de largo las máquinas expendedoras, el horrible cuadro colgado de la pared y el primer piso. Allí había una preciosa sala, el Paraninfo, pero seguramente estaría cerrada, y tiempo en aquellos momentos no me sobraba para vagabundear por la facultad. 

Cuando ya llegué a la entrada miré mi aspecto en la pantalla del móvil y comprobé si tenía algún mensaje suyo. 

Sí, ya estaba allí. “Ay, qué nervios, madre mía”, pensé. 

Me perdí por las calles empedradas, acordándome de aquel día que diluviaba y me dejó su paraguas. Pisé las piedras que habían sido sujeto de alguna conversación nuestra, sobre su edad e historia. Y en poco rato llegué a uno de los bares que más frecuentábamos antaño: la Tita.

Era conocida por su tortilla de patata, sin lugar a dudas la mejor que yo había probado nunca, como mucha gente coincidiría conmigo respecto a este punto. 

Era un lugar poco llamativo. Una cartel con letras rojas colgaba afuera. El local estaba a rebosar, como era costumbre. Sus paredes eran naranjas, y había tres cuadros con lámparas encima suyas para decorarlas. Las mesas eran como las de antes, de madera oscura y duras.

Le reconocí de espaldas de inmediato. Se encontraba apoyado en la barra pues no había ni un sitio libre. 

Llevaba la chaqueta roja, esa que solía ponerse cuando el sol se asomaba por Galicia y calentaba las calles gallegas con su alegría. Los pantalones eran los color caqui, esos que siempre me gustaron… y su pelo estaba rapado, dotándole de ese aire serio e intimidante que yo sabía demasiado bien que era una falacia. 

No me podía creer que estuviera aquí otra vez…

-Hola- le dije sin pensar 

Jack se giró rápido cuando me oyó. Mi corazón lloró de tristeza y alegría al mismos tiempo. Se derritió poco antes de endurecerse de nuevo mientras corría como un loco, intentando escapar del pecho. Mis pies estaban estancados en su sitio, y no sabía muy bien qué expresión mostraba mi cara. No sabía cómo comportarme, no estaba lista para…

– Hola, Sandra.- dijo mientras se acercaba para darme dos besos. -Me alegro mucho de verte. Qué tal estás?

Sus ojos buscaban los míos como siempre había hecho cuando quería saber realmente cómo me sentía. 

Desvié la mirada rápidamente y atisbé una mesa libre.

-Nos sentamos, que ya hay sitio?- le dije cambiando de tema.

-Qué quieres, ya sabes o lo tienes que pensar?- me preguntó, recordando los viejos tiempos…

-Sí, un Ribeiro, por favor. Gracias. 

Fui a sentarme mientras él pedía. 

“Sandra, relájate, por favor. No es más que un reencuentro de buenos amigos…El pasado pasado está y…”

-Vaya, vaya. Ya veo que ya no tienes problema para pedir, y encima un vino. -bromeó Jack

-Sí, bueno, he cambiado algo desde el año pasado. 

El camarero joven, el de siempre, nos trajo los pedidos y las raciones de tortilla. Mi boca se me hizo agua, pero estaba demasiado distraída como para poder disfrutarla tanto como otros días. 

Jugué con el plato para no tener que mirarle directamente, evitando a toda costa que mis propios ojos me delataran.  

-Y cómo te van las clases? Te gustan las asignaturas? Ya tuviste prácticas? – me siguió inquiriendo Jack tras darle un trago a su cerveza.

Yo seguí jugando con el tenedor, la servilleta de papel y cualquier cosa que mis manos tocaran.

Odiaba que me preguntara acerca de mis estudios. Odiaba que me preguntara por cualquier cosa relacionada con mis prácticas o asignaturas pues me recordaba que él ya estaba con el máster, y que pronto comenzaría su vida laboral. Era un continuo recuerdo del abismo que nos separaba. 

-Pues duro, pasará lo mismo en todas las carreras, supongo. Las asignaturas ya se centran más en el ámbito de farmacia, son mád específicas. En cuanto a las prácticas, aún no las empecé, dentro de unas semanas me toca ya -respondí distraídamente.

El ruido a nuestro alrededor iba en crescendo, aumentando mi estado agotado. 

Jack ya había acabado de engullir su plato, su hambre igual de grande como siempre. 

-Pero te gustan? 

-Sí, sí, me gusta bastante. Cada año más que el anterior. -le respondí.

Por fin encontré el valor para observar su cara de cerca. Esos ojos verdes amarronados que me creaban mariposas en el estómago. Se encontraban llenos de comprensión y de dolor, tanto como los míos. Comprendí que no estaba siendo fácil para él tampoco. Me relajé ligeramente.

-Tú qué tal con el máster? Al final estás haciendo el de educación, no? 

-Sí. Los profesores son en general estrictos pero explican muy bien. El chico del año pasado me ayudó con algunas cosillas y me dio consejos para el trabajo que hay que presentar al final del máster.

-Déjame adivinar, tú ya has empezado con el trabajo de fin de máster. 

Siempre había admirado su gran capacidad para ser constante y hacerlo parecer fácil. 

-Bueno, solo he estado mirando títulos y así. Dentro de una semana o dos ya me pondré a leerlos y a hacer alguna anotación. 

Bebí un poco del vino y doblé las piernas. 

-Pues estoy segura de que te saldrá aún mejor que el trabajo de fin de grado del año pasado, que ya es decir- le dije dándole ánimos.

-Bueno, eso espero, aunque no hay que hacerse ilusiones, que es pronto todavía y hay mucha gente muy capacitada este año.

-Bueeno, bueeno. Tú siempre serás el friki de gafitas.

Le sonreí sinceramente y le di un mordisco a mi tortilla. 

Él me devolvió la sonrisa, divertido.

-Gracias, Sandra- me dijo suavemente.- Estás muy guapa- añadió con un tono aún más bajo. 

Normalmente yo le habría sacado la lengua en señal de indiferencia, ya sabía él demasiado bien que no le creía cuando me lo decía. Pero esa habría sido mi reacción el año pasado, cuando nos veíamos todos los días. Cuando nos compartimos, nos apoyamos, nos alegramos los días. Cuando su presencia me provocaba sonrisas sin razón, nervios y mejillas sonrojadas en demasiadas ocasiones. 

-Gracias- dije escuetamente. 

Tomé más vino y el mundo comenzó a volverse ligeramente nublado en mi cabeza. El efecto del alcohol hoy me estaba afectando más que de costumbre, inhibiendo mis sentidos levemente. 

Apoyé la cabeza en la pared, algo adormilada. 

Las conversaciones ajenas subían de tono según se iban vaciando los vasos y se iba relajando la lengua. Risas, gritos y alguna palabra malsonante revoloteaban a mi alrededor. 

-Sigues yendo a la facultad de Historia a estudiar, no?- inquirió cambiando de tema. 

-Sí, aunque se me hace raro que no estés.

Aquel comentario se me escapó como un estornudo, rápido y sin ser esperado. 

-Lo siento, no debería de haber dicho eso. 

Acabé el vino sin mirarle y me levanté. 

-Debería irme, me estoy agobiando con tanta gente y tengo que hacer cosas. -le dije algo avergonzada.

Se levantó después de mí tras acabar su cerveza de un trago rápido. 

-Te invito yo. No quieres dar un paseo? Así descansas un poco y podemos tomar un café luego, si quieres. 

-No, tranquilo, ya me lo pago yo.

-Como quieras.- cedió Jack. Sabía que a veces me ponía terca y no era buena idea insistir en estupideces o se empeoraría la situación sin razón alguna. 

Nos acercamos a la barra y esperamos pacientemente hasta que un camarero quedó libre y pudo atendernos. 

-Serán 4,20€ las dos cosas- nos dijo el camarero. 

Pagamos respectivamente lo nuestro y salimos del bar. 

Amanecer II

Comenzaba a haber ruido y ajetreo en las calles cuando salí del piso. Los camiones cortaban el paso de los peatones por las calles, los supermercados abriendo sus puertas a la nueva mercancía. Las panaderías desprendían un delicioso aroma a pan recién echo, y los niños alborotaban el aire con sus gritos y su incansable energía.

El señor ya se encontraba sentado donde siempre, al lado del colegio, cantando canciones de generaciones pasadas. Su voz siempre me provocaba respingos en la piel, su música alcanzando el lado más romántico de mi corazón, guardado cuidadosamente bajo llave. 

Seguí recto, pasé de largo la panadería y el Blue café, torciendo a la derecha cuando llegué a la altura de la zapatería haciendo esquina. 

La fachada de la facultad se mostraba tan melancólicamente regia como siempre. Un atisbo de su pasado majestuo se podía leer entre sus piedras musgosas y las estatuas que protegían la puerta. Quedaba eclipsado su aire intelectual por los coches y motos que circulaban sin cesar delante suya.

Subí las escaleras sin dificultad, después de tantos años de subirlas ya me había acostumbrado. Eran tediosas y muchas ya que la biblioteca se encontraba en el piso más alto. 

Cuando por fin entré, me quedé igual que siempre, maravillada por aquellas vistas. Los estantes de madera repletos de libros amarillentos y que acumulaban decenas de miles de historias silenciadas entre sus hojas. Las lámparas enormes que colgaban peligrosamente del techo, sus bombillas ligeramente torcidas. 

La luz que entraba por las ventanas, las vistas desde allí arriba. 

Los estudiantes variopintos, los cuatro mismos gatos de siempre. Unos con frondosas barbas como un lío de cables, otros con pendientes más grandes que los míos propios. Chicas con cabezas de muñecas colgando de sus orejas a modo de pendientes, con el pelo rosa, o demasiado elegantes para pintar allí.

Todo ello envuelto en un halo de silencio tan solo interrumpido por el monótono sonar de los tablones de madera al caminar alguien sobre ellos. 

Coloqué mi mochila en una de las sillas y me quité la chupa de cuero. Me senté y saqué la botella de agua, los libros y los cascos de música. 

Me coloqué donde siempre, en una esquina cercana a la ventana central, desde la cual se veía una de las calles principales del casco antiguo. Se atisbaba un mar de tejados, alguna que otra gaviota posada en las antenas, como si fueran las dueñas de aquel territorio. 

Pronto me concentré en las hojas que se encontraban delante de mí. 

Amanecer 

El sol nacía entre las montañas cuando me desperté. Las calles de piedra cambiaban de color con el paso de la luz sobre ellas. Empezaban siendo oscuras y negras, pero poco a poco adquirían tonalidades más marrones y grisáceas, iluminando así el laberinto del casco antiguo.

El cielo se mostraba de tonalidades pastel, azules y rojos, amarillos y verdes pintaban la bóveda con vivacidad. 

Abrí la ventana de mi habitación y salí al pequeño balcón mientras me estiraba los brazos como un gato. 

Adoraba las mañanas. Existía una paz y armonía antes de que la ciudad despertara que me enamoraba cada vez. 

Las luces de las calles se apagaron todas de golpe mientras el sol ascendía con extrema lentitud. Yo aún seguía bostezando medio adormilada.

Mis tripas no tardaron en atraer mi atención, al igual que mi piel, que comenzaba a notar el frío mañanero típico del norte de España. 

Caminé con cuidado de no hacer ruido hasta la cocina. 

Encendí el fuego para hacer el café, lavé fresas y las corté en rodajas. Puse pan que había comprado el día anterior en el mercado a tostar. Saqué la mantequilla y mermelada de la nevera y regué las rosas del jarrón. 

Aún me sonrojaba al verlas. Me encantaban. Eran del color más puro y profundo que había visto nunca. Parecían del color del vino, y las gotas encima de los pétalos les conferían una delicadeza especial. Debajo del jarrón se encontraba el libro que estaba leyendo, una novela de Conan Doyle menos conocida. 

Cuando la cafetera comenzó a quejarse de las altas temperaturas y las tostadas saltaron de golpe, lo coloqué todo encima de la mesa y abrí el libro. 

Encendí música en el móvil y comencé mi mañana como otra cualquiera. 

Después de desayunar volví a quedarme ensimismada con las flores. 

Habían sido un regalo de mí misma para mí misma, un capricho del momento al pasear delante de una floristería la tarde anterior. 

El dependiente de la tienda había expresado una ligera sorpresa al comentarle que eran para mí, un autorregalo. Mis mejillas se encendieron cuando dijo que era un hecho extraño.

Yo era partidaria de que las mujeres deberían de aprender a hacer más cosas por su cuenta. La primera de todas, ir al baño. Nunca había comprendido la necesidad de ir a hacer las necesidades de dos o de tres en tres, como si necesitaran algún tipo de apoyo moral en realizar tal acción. En fin, cuando la mujer fuera capaz de hacer eso sin ayuda, proseguiría con dar paseos por su cuenta, y después con tomar un café. 

Son pequeños gestos cotidianos que a mí me marcaron la diferencia. Aprendí a valorar mi tiempo y necesidad de estar conmigo misma para poder relajar y desconectar, además de intentar aprender a quererme y valorarme por ser cómo soy. No tiene sentido para todo el mundo, pero cada loco con su tema. 

Últimamente, sin embargo, aceptarme estaba siendo bastante complicado. Me notaba decaída y triste sin razón, sin ganas de hablar y con excesivas ganas de dormir. Me veía algo fea y me comparaba demasiado con las demás mujeres de mi entorno. 

No me gustaba este aspecto de mí misma, esas inseguridades tan acentuadas mientras luchaba por independizarme de ellas, de aprender a restarles importancia.

Las flores habían sido un premio por comenzar a sentirme algo más positiva, y verdaderamente funcionaba.

Fui a mi habitación y me vestí con una falda ajustaba pero cómoda y que permitía movimientos rápidos y ágiles al caminar. Por encima me puse una camiseta que se apegaba a mi cuerpo como una segunda capa de piel. 

En los pies me puse unos zapatos de suela plana y cómodos. Me miré en el espejo tras pintarme  los labios de granate y haberme puesto unos pendientes de aros. 

El pelo caía sobre mis hombros, rizado y negro como el carbón. Unos ojos marrones y algo adormilados me devolvían la mirada con aspecto osco y seco. La piel era de color oliva, exótica me llamaban en ocasiones. Las curvas debajo de la falda eran bastante evidentes, a las cuales había tenido que aceptar sin rechistar, y a las cuales comenzaba a adquirirles aprecio.

No era la chica más guapa, ni la más deportista o inteligente. Yo era yo, con mis defectos y mis puntos fuertes. Y punto. 

Una vez preparada, pillé el bolso, la cartera, llaves y la chupa de cuero. 

Lista. 

 

Adiós, burbuja

De pequeña vivía en una burbuja. Era preciosa y de colores vivos. Siempre iluminaba mis días, proporcionándoles un toque desenfadado. Un aire relajado recorría mi piel con frecuencia mientras me envolvía en un ambiente de armonía y tranquilidad.

Después me hice más mayor y en la parte superior de la burbuja creose un orificio de tamaño pequeño. Mi inocencia se escapaba poco a poco por aquella escapatoria, aunque era demasiado pequeño para que huyera completamente.

Atrás quedaron los días sin leer entrelíneas, sin chistes secundarios de mal gusto. Atrás quedaron las calles vacías de silbidos o comentarios tan empalagosos que provocaban una expresión en mi rostro de asqueo total. 

No voy a mentir, alguna que otra ocasión me he sentido halagada, pero es que otro agujero en mi burbuja cambió ese punto de vista.

Tengo un tesoro, es brillante y precioso, más que las piedras que venden en las joyerías. No es un objeto, sino un ser viviente como tú o como yo. Pero, sin embargo, a la vez no tiene que ver con ninguno de nosotros. Es como si le hubieran dejado la cáscara y la hubieran llenado de luz y de wonderlust.

Sus ojos son grandes y pasionales, sus manos en constante movimiento, como las ruedecitas que construyen su mente. 

Un día  picó a la burbuja, y dejé que esa puerta nunca volviera a cerrarse.

Y las ideas de fuera entraron sin dudar, aceptando mi amplia invitación.

Qué he hecho yo más que plasmar mis pies sobre el suelo de piedra? Acaso necesito que alguien ajeno a mi mundo me diga cómo, qué o quién soy? No. 

Acaso necesito opinión de alguien sobre mi propia cáscara? Sí, de mí misma. 

Tampoco voy a esconderme detrás de lo establecido como políticamente correcto. También me apoyo en las personas que me rodean, las que me hacen y hago brillar. Pero donde hay confianza hay exposición de lo más profundos miedos, y la luz nunca se tornará oscura. 

Acaso yo, hablando desde mi naturaleza que me diferencia de las personas a las que hemos clasificado como hombres, les silbo por la calle? Les digo vaya culo que tienen, o que se preparen, que yo ya lo estoy? Acaso si les pidiera el número y no me lo dieran es porque se hacen los duros y no porque realmente no quieran nada conmigo? 

Acaso las mujeres, como personas que también son, no tienen el derecho de comportarse como les venga en gana?

Por qué el encarcelarlas bajo ropajes de 7kg de peso, provocándoles úlceras en la piel, accidentes por la falta de visión detrás de la tela con cuatro agujeritos para los ojos? Por qué eso, más dañar al feto que se desarrolla en su interior, destinado a nacer enfermo por la falta de luz solar…

Por qué encarcelarlas a llamarlas frescas cuando no llevan la ropa que hombre considere adecuada? Qué importará? Acaso no hay también hombres “libres de cascos”? Entonces por qué en un hombre está bien visto pero en una mujer se le clasifica como lo peor? Por qué ellos entonces es lo que buscan, pagan por ello para pasar el rato, lo ven por Internet…

Por qué encarcelarlas en una talla, un tipo de cuerpo único, color de cabello especial, forma de vestir universal? 

Sinceramente, creo que es porque muchos hombres no saben cómo actuar frente a una mujer cuando se dan cuenta que presentan la misma capacidad que ellos para pensar. Se dan cuenta que tienen miedo porque no saben cómo actuar frente a palabras habladas pero sí pueden interactuar con el físico.

Eso es lo que yo pienso de aquellos hombres que se comportan de manera injustificada e injusta contra las mujeres.

He intentado ponerme en su lugar, saber por qué yo no los veo a ellos como objetos sexuales o como un ser al que dominar.

Esta es mi opinión.

Y qué pasa con los hombres de buen corazón? Ah, esos me rodean. Les quiero tanto que no creo que lo sepan en su completa magnitud. Si ellos están tristes, yo también. Quiero que sean felices todo mis amigos, mi padre, mi tíos, mis abuelos.

Últimamente se lo digo, les digo que les quiero tal y como son. Por darme de comer, por darme cariño, amor, risas, apoyo. Por rodearme de suerte y yo formar parte de la suya. Por sacarme lo mejor de mí.

Y es que hablo de un mundo algo lejano a mi burbuja. A veces me salpica pues ahora mi protección respecto al mundo exterior es menor. Mi burbujita presenta más orificios, que gracias a ellos he conseguido abrir los ojos.

Gracias a las personas que me rodean he podido evolucionar ligeramente. Cada uno llamando a mi burbuja, y cada vez dejando para siempre abierta la puerta. 

Un día, las ideas, sabiduría, experiencias, risas, tristezas serán tantas que provocarán a mi burbuja explotar. 

Y aquel día diré, adiós burbuja.