Confesiones de querer pero nunca ser

Escribir ha sido siempre mi vía de escape. 

Las letras danzantes y con poderes únicos permiten a cualquiera adentrarse en mundos fascinantes, ajenos, originales. Todo sin moverse uno de su asiento, y sin necesidad de abrocharse el cinturón de seguridad. Sin pastillas contra mareos ni chalecos salvavidas. 

Sin inseguridades pero con imaginación, una buena taza de té o café y unas horas llenas de concentración y evasión.

Después de años viviendo y sufriendo las aventuras de los personajes, un lector ávido se vuelve ambicioso. Considera que no resulta tan complicado redactar su propia historia, de imaginar un mundo nuevo tan impresionante como los que encontraba en las librerías.

Y así, sin más dilación, se compra su propia libreta y su bolígrafo, únicos utensilios necesarios para la faena.

Pero…

Pasan los meses, los años, y la libreta está llena de letras y líneas. De letras, frases incoherentes, sin sentido. Sin ton ni son. 

Las hojas están llenas de ideas a medio acabar, a medio empezar, a medias sin más. Más menos que más.

Personajes, bosques, casas en árboles, cielos de otros universos.

Sí, comienzos sí, pero los nudos de los cuentos se sustituyen por estancamiento mental.

Se forman otro tipo de nudos, esos del estómago por el primer beso, la primera caricia. Los nervios ante un examen difícil o por una travesía en el mar. 

Cesa el río de la imaginación, evaporándose las ideas mientras aumenta el cauce por el que circula la realidad. 

Las tardes sentada gastando la tinta de los bolígrafos se sustituye por salidas nocturnas, por series de televisión aburridas y vacías, por tardes de cachimba y tés americanos. 

Las tardes de letras se transforman en horas malgastadas frente a una pantalla iluminada llena de falsas ilusiones. Instagram, Facebook, Twitter, todo paralelismos evocando una versión de la realidad mejorada, llena de filtros y retocada de mil y un maneras. 

Pasé de los libros a las pantallas, de soñar a dormir, de pensar a olvidar, de crear a comparar.

Y es que fui creciendo y acumulando polvo en mi cerebro y en mis letras.

Ese ego de lector, de creador se enterró en mi propio jardín. Adiós a mi ambición de novelista. Saludos a mi mente durmiente, carente de todo menos aire cargado. Necesito una ventana sinónima de renovación.

Crecí. Comencé a utilizar la escritura como una droga, una evasión de la tristeza, de la depresión que me carcomía por dentro. Evasión de las riñas, de mí misma, de las amistades falsas, de mis inseguridades. 

Letras, las que daban forma a mi huracán de sentimientos sin sentido, sin orden, sin nada más que confusión. Buscaba en ella una manera de encontrarme.

Comencé de nuevo a escribir algún esbozo de historias. Envidiaba, como Hitchcock, mis propios actores. Representaban la mejor versión de mí misma, lo que aspiraba a alcanzar a ser. 

Plasmé mis miedos, mis ideales, mis más profundos y sinceros anhelos. 

Me hice adicta a mi propio puño y letra, nunca sabiendo qué iba a salir de aquello. Nunca sabiendo qué destino le daría a mis personajes, a mí misma. 

Mi estado de ánimo y la música que escuchaba influían en el producto final de la ecuación. 

Crecí. Comencé a ir a recitales de poesía. Más bien a recitales de mentes abiertas, jóvenes, maduras, tristes, graciosas, críticas, sensibles. Y me embriagué con su honestidad, su ilusión, su expresividad. Comprendí y sentí esa misma necesidad de compartir, compartirme. 

Pero aquel ego adolescente había desaparecido. Apenas leía, no escribía, mi imaginación se encontraba oxidada y mis bolígrafos los malgastaba en resúmenes de temas para estudiar. 

Sentía un pánico escénico. Más bien siento, un pánico escénico. Recitar es leer mi corazón en mis propias líneas, con mi propia voz y rostro a completos desconocidos. Sí, de esos que han escrito, han publicado, han realizado sus sueños. Los han perseguido y los han conseguido. 

Y yo sigo aquí, con mis letras malgastadas y polvorientas. Atrofiadas y carentes de fluidez en su recorrido por el papel. 

Lo único que permanece es su honestidad. 

Y yo sigo aquí, años más tarde confesando el querer ser pero nunca ser.

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Amanecer IV

Giramos a la izquierda y caminamos todo recto entre los edificios de piedra, dejando atrás el ajetreo y vitalidad del que rebosaba el bar. 

La calle nos iba envolviendo con un halo de misterio, provocándome sin poder evitarlo evocar al pasado con cada una de nuestras pisadas.

Al final del todo se encontraba la plaza de las Platerías.

Antiguamente, mercaderes de todas partes traían hasta aquí sus mejores platos, joyas y demás objetos fabricados con plata.

Los ricos transeúntes y locales compraban allí mientras los pobres se arrodillaban en callejuelas estrechas para mendigar dinero. Los niños buscaban puntos brillantes en el suelo, quizás a algún hombre despistado se le cayera alguna moneda. 

Tiempos de luz y oscuridad se entremezclaban en aquel lugar, como aquella que iluminaba al hombre alzado sobre los caballos en la fuente. 

El sol dejaba a la vista su imponente figura, mientras que los corceles quedaban en segundo plano, escondidos entre la sombra de la catedral que se cernía sobre ellos. 

Detrás se encontraba la entrada principal a la catedral. El portón estaba protegido por un arco gótico. Numerosas estatuas alargadas de Santos y figuras religiosas decoraban la zona. Mientras, a la izquierda, haciendo esquina, se diferenciaban las línea rectas neoclásicas.

Subimos las escaleras y alcanzamos la plaza Quintana.

Había conseguido convencerle de sentarnos en otras escaleras de la plaza, tostadas bajo aquel anormal sol otoñal. El guitarrista sin rostro se encontraba allí, inundando el aire con tranquilas canciones de jazz y de blues. 

Por un momento pensé encontrarme en una versión paralela a mi realidad. Por un momento, pensé ser feliz. 

Amanecer 

El sol nacía entre las montañas cuando me desperté. Las calles de piedra cambiaban de color con el paso de la luz sobre ellas. Empezaban siendo oscuras y negras, pero poco a poco adquirían tonalidades más marrones y grisáceas, iluminando así el laberinto del casco antiguo.

El cielo se mostraba de tonalidades pastel, azules y rojos, amarillos y verdes pintaban la bóveda con vivacidad. 

Abrí la ventana de mi habitación y salí al pequeño balcón mientras me estiraba los brazos como un gato. 

Adoraba las mañanas. Existía una paz y armonía antes de que la ciudad despertara que me enamoraba cada vez. 

Las luces de las calles se apagaron todas de golpe mientras el sol ascendía con extrema lentitud. Yo aún seguía bostezando medio adormilada.

Mis tripas no tardaron en atraer mi atención, al igual que mi piel, que comenzaba a notar el frío mañanero típico del norte de España. 

Caminé con cuidado de no hacer ruido hasta la cocina. 

Encendí el fuego para hacer el café, lavé fresas y las corté en rodajas. Puse pan que había comprado el día anterior en el mercado a tostar. Saqué la mantequilla y mermelada de la nevera y regué las rosas del jarrón. 

Aún me sonrojaba al verlas. Me encantaban. Eran del color más puro y profundo que había visto nunca. Parecían del color del vino, y las gotas encima de los pétalos les conferían una delicadeza especial. Debajo del jarrón se encontraba el libro que estaba leyendo, una novela de Conan Doyle menos conocida. 

Cuando la cafetera comenzó a quejarse de las altas temperaturas y las tostadas saltaron de golpe, lo coloqué todo encima de la mesa y abrí el libro. 

Encendí música en el móvil y comencé mi mañana como otra cualquiera. 

Después de desayunar volví a quedarme ensimismada con las flores. 

Habían sido un regalo de mí misma para mí misma, un capricho del momento al pasear delante de una floristería la tarde anterior. 

El dependiente de la tienda había expresado una ligera sorpresa al comentarle que eran para mí, un autorregalo. Mis mejillas se encendieron cuando dijo que era un hecho extraño.

Yo era partidaria de que las mujeres deberían de aprender a hacer más cosas por su cuenta. La primera de todas, ir al baño. Nunca había comprendido la necesidad de ir a hacer las necesidades de dos o de tres en tres, como si necesitaran algún tipo de apoyo moral en realizar tal acción. En fin, cuando la mujer fuera capaz de hacer eso sin ayuda, proseguiría con dar paseos por su cuenta, y después con tomar un café. 

Son pequeños gestos cotidianos que a mí me marcaron la diferencia. Aprendí a valorar mi tiempo y necesidad de estar conmigo misma para poder relajar y desconectar, además de intentar aprender a quererme y valorarme por ser cómo soy. No tiene sentido para todo el mundo, pero cada loco con su tema. 

Últimamente, sin embargo, aceptarme estaba siendo bastante complicado. Me notaba decaída y triste sin razón, sin ganas de hablar y con excesivas ganas de dormir. Me veía algo fea y me comparaba demasiado con las demás mujeres de mi entorno. 

No me gustaba este aspecto de mí misma, esas inseguridades tan acentuadas mientras luchaba por independizarme de ellas, de aprender a restarles importancia.

Las flores habían sido un premio por comenzar a sentirme algo más positiva, y verdaderamente funcionaba.

Fui a mi habitación y me vestí con una falda ajustaba pero cómoda y que permitía movimientos rápidos y ágiles al caminar. Por encima me puse una camiseta que se apegaba a mi cuerpo como una segunda capa de piel. 

En los pies me puse unos zapatos de suela plana y cómodos. Me miré en el espejo tras pintarme  los labios de granate y haberme puesto unos pendientes de aros. 

El pelo caía sobre mis hombros, rizado y negro como el carbón. Unos ojos marrones y algo adormilados me devolvían la mirada con aspecto osco y seco. La piel era de color oliva, exótica me llamaban en ocasiones. Las curvas debajo de la falda eran bastante evidentes, a las cuales había tenido que aceptar sin rechistar, y a las cuales comenzaba a adquirirles aprecio.

No era la chica más guapa, ni la más deportista o inteligente. Yo era yo, con mis defectos y mis puntos fuertes. Y punto. 

Una vez preparada, pillé el bolso, la cartera, llaves y la chupa de cuero. 

Lista.